Rodeado de bellezones

La modelo Gisele Bündchen (26) ha sido una de las mujeres más importantes en la vida de Leonardo DiCaprio. Iniciaron su relación en el 2000 y cortaron en noviembre del 2005. En su momento se dijo que la modelo no le perdonó una supuesta infidelidad con la actriz Sienna Miller (25). Tras la Bündchen, ha estado unido a la también modelo Bar Refaeli (21), relación que (según los medios) terminó a finales de enero, aunque después se les ha visto juntos.
08/03/2007
-Laura Sacksville
Lleva una década siendo estrella de cine, pero no se ha dejado deslumbrar por las mieles del éxito hollywoodiense. Ecologista y comprometido, Leonardo DiCaprio ha revalidado su madurez como actor con ‘Infiltrados’ y ‘Diamante de sangre’.
Sigue siendo un joven enérgico, nada pretencioso, más alto de lo que él jamás hubiera esperado (1,83 m) y muy delgado, tras el arduo trabajo en su última película, Diamante de sangre. Pero lo que más destaca de Leonardo DiCaprio (32) es su mente curiosa e inquisitiva y su extraordinario sentido del humor. Le encantan los debates, sobre todo cuando se trata de hablar de arte, historia, cine, política y medio ambiente. Estos dos últimos forman parte ya de sus actividades extracurriculares, y no pierde la menor ocasión para demostrar que sabe de ello. Sin embargo, es un maestro en el arte de evadir preguntas comprometedoras.
—Tras la explosión de Titanic desapareciste del radar mediático. Ahora te vemos más que nunca, ¿qué te ha hecho cambiar de actitud?
Cuando me azotó esa ola gigante no pude con ella. Aquello me hizo abrir los ojos y darme cuenta de que mi meta como actor no era convertirme en una estrella de Hollywood que aparece continuamente en los medios. Al contrario, exponer la vida privada va en detrimento de tu carrera de actor. Cuanto menos se sepa de ti, más creíble es el personaje que interpretas.
—Sin embargo, haces lo que sea para captar la atención del público hacia causas como el calentamiento del planeta…
El hecho de estar en el objetivo público me proporciona una gran plataforma para destacar ciertos problemas sociales o medioambientales, sobre todo en las generaciones más jóvenes, que son las que sufrirán los efectos del desastre ecológico que se está produciendo en nuestro planeta. Sé que mucha gente es escéptica cuando ven a un personaje famoso hablar de temas políticos, pero eso no me afecta. El que no quiera escuchar que no lo haga, pero creo que cuanta más gente exponga los serios problemas que estamos padeciendo, mayor impacto tendrán en los gobiernos y organizaciones responsables de ellos.
—¿Cómo reaccionas cuando ves que tu país contribuye en dos tercios a la polución global?
En el viaje que hicimos a Europa para promocionar su documental, Una verdad incómoda, Al Gore me dijo que no podemos dejar que la desilusión y la frustración nos frene en este empeño. Él es quien me introdujo en este tema del calentamiento del planeta, hace ocho años. Desde entonces me he convertido en un apasionado defensor del medio ambiente. Gracias a su documental se han conseguido grandes logros, pero aquí, en Estados Unidos, no estamos haciendo muchos progresos. Para empezar, ni siquiera hemos firmado el protocolo de Kioto, y eso me desilusiona enormemente.
—¿Cómo te fue en África, en el rodaje de Diamante de sangre?
Fue duro, aunque la gente, en general, nos trató muy bien en Maputo (Mozambique), donde rodamos la película. Pero muchos de los tipos con los que traté eran mercenarios, ultramachos, no hay muchos metrosexuales allí (risas). Es gente que va al grano, que te dice las cosas a la cara. Me basé en ellos para interpretar a mi personaje, tratando de evitar el estereotipo.
—Mercenarios que se dedican al comercio ilegal de diamantes. ¿Te lo piensas ahora dos veces antes de regalar uno?
Sí, claro. No se trata de no comprar diamantes, sino de asegurarte de que lo que compres no proceda del mercado negro, cuyos ingresos van a parar al tráfico de armas y al de niños soldados. Un tráfico directamente relacionado con la muerte de más de cuatro millones de personas, según Amnistía Internacional, y con el desplazamiento y separación de millones de familias.
—¿Qué harás cuando llegue la hora de regalarle el anillo de compromiso a tu novia?
No sé si llegará esa hora. Sería un idiota prediciendo lo que me depara el futuro (risas).
—¿No crees en el matrimonio?
Respeto esa institución, pero en estos momentos no creo particularmente en ella. Sé que la felicidad tiene mucho que ver con encontrar una pareja con la que compartir tu vida. Pero no quiero arruinar esa idea apresurándome en hacer algo con la falsa pretensión de que me va a proporcionar estabilidad en la vida.
—En la película, tu personaje se enamora de una periodista. Pero esa relación, aunque intensa, nunca se llega a consumar. ¿Te ha ocurrido eso alguna vez?
No, mis relaciones han transcurrido en circunstancias mucho más convencionales que las de mi personaje.
—¿Qué es lo más importante para ti en la vida?
Mi familia, mis amigos, hacer mi trabajo lo mejor que sé y tratar de dar algo a los demás a cambio de todo lo que yo he recibido.
—¿Qué lugar ocupan las mujeres en ella?
Se lo debo todo a mi madre y a mi abuela, porque son mi bastión moral, a las que acudo si tengo algún problema. Mi madre tuvo una vida muy dura. Para empezar, nació en un refugio antiaéreo de Alemania, en la II Guerra Mundial. Más tarde emigró a este país y trabajó sin descanso para lograr una educación y ganarse la vida. Mujeres fuertes como ellas, que son directas y honestas en todo, son a las que admiro.
—¿También te atrae la belleza física?
Tus últimas novias han sido modelos de perfección. ¿A quién no le gusta tener una novia guapa?
—Antes decías que los hombres que conociste en África eran tipos duros y que allí no hay metrosexuales. ¿Cómo te ves a ti mismo?
Yo diría que soy un término medio, ni tan extremadamente duro como esos que conocí allí, ni tampoco me considero un metrosexual.