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La primera vez... Que eres la mayor

ELISABET BENAVENT | CUORE.ES -

La vida, estimada coqueta, está compuesta de una cantidad infinita de primeras veces. Seamos sinceras: hay situaciones de las que no nos vamos a conseguir librar y como ya habrás imaginado, no estoy hablando (solamente) de ESO que de jovencita llamas “mi primera vez” con aire soñador y a lo que añades velas y pétalos de flores (que cuando creces quemarías de buen grado con las malditas velas que, ahora que lo pienso, oye, pueden venirnos bien para probar alguna cosa…) FRENA. Que me lío.

Lo que estoy diciendo es que la vida de toda coqueta de bien está salpicada de un millón de momentos en los que, por hache o por be, tienes que pasar por el aro y… probar.

La primera vez que coges un avión, que se te escapa un pedo en público, que te duermes en el transporte público y te despiertas en la región más septentrional de Siberia o la primera vez que rompes el pantalón que te estás probando. ¡Yo qué sé! Hay miles. Y como haberlas, haylas, como las meigas, déjame que te lleve de la mano por el recuerdo de alguna de esas primeras veces o te guíe y te prepare para aquellas que, bienaventurada tú, aún no has vivido.

¿Preparada?

Hace unos años, cuando conocía a gente nueva, solía estar entre los más jóvenes de la pandilla. Eso me hacía sentir… regulín: por una parte bien, porque oye, era joven y aún no sentía el irrefrenable deseo de fingir mi propia muerte los lunes; mal porque llevaba asociada a este hecho la idea de la inexperiencia/inmadurez.

Ahora sin embargo, pasada ya la frontera de los treinta, me pasa hasta en el trabajo. Cuando llegan nuevos compañeros a la editorial los jóvenes son ellos y yo estoy en ese 'impasse' en el que ni soy ya una chiquilla ni la voz de la experiencia. Pero en este punto, no hay escapatoria: es momento de vivir la terrorífica primera vez que sales por ahí con gente (mucho) más joven.

Suele pasar que al principio no hay condicionantes negativos. Sales, te ríes, brindas, compartes batallitas, vuelves a brindar… Crees que tus compañeros de tropelías tienen, no sé, uno, dos o tres años menos que tú pero de pronto alguien pregunta: “¿Tú de qué año eres?” Y con las respuestas se desencadena el Apocalipsis y te ves a ti misma haciendo punto de cruz en una mecedora, pero a lomos de uno de los Cuatro Jinetes. La última vez que me pasó, todos los presentes habían nacido después de las Olimpiadas de Barcelona y… fue como si me diera un revés Rafa Nadal… con el brazo fuertote. Me quedé sin aire.

 

 

Y es ahí, en ese momento, cuando todo empieza a tomar un cariz peliagudo porque tienes dos opciones:

  1. Te comportas como una persona consciente de su edad, con los consecuentes abucheos cuando comentas, así de pasada, que ese chupito de tequila no es buena idea.
  2. Sufres un episodio de amnesia transitoria y olvidas tu año de nacimiento y aceptas que tu “yo” del futuro, (el del día siguiente, sin ir más lejos) te va a odiar mucho muchísimo.

Las dos opciones tienen sus puntos positivos: con una eres el alma de la fiesta y con la otra cuidas de no morir que, oye, siempre está bien. En tu mano está terminar la noche desmaquillada y durmiendo plácidamente o levantarte como Alice Cooper vomitando fuego.

Si no has pasado aún por ello y quieres un consejo de alguien que sobrevivió a su primera fiesta con menores de veinticinco, lo mejor es que finjas. A muerte. Como cuando te enseñan la foto de un bebé muy feo. ¿Te dan un chupito? Cógelo y hazlo desaparecer como la marca de ese grano debajo del corrector. Bebe agua a cholón cuando no te vean y antes de dormir, no te olvides del dulce beso de un buen antiinflamatorio. El día siguiente, contrachápate la cara con maquillaje y cuando todos estén luchando por su vida, cuelga un buen selfie hecho bajo condiciones controladas de luz y postura antipapada y mándala al grupo con un: “Buff… qué resaquita.”

Más sabe el diablo por viejo que por diablo. He dicho.