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Tu primera... Lencería

Consejos para sobrevivir a esa entrada (triunfal) en la madurez interior.

ELISABET BENAVENT | CUORE.ES -

Esto se hacerse adulta tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las malas, ya sabes, las primeras patas de gallo (no, no son arruguitas de expresión, porque me río mucho, son cosa del tiempo… Del que hace que nací, concretamente), la flacidez (juraría que antes no tenía gelatina debajo de la piel), las resacas de 72 horas (con las consiguientes tortillas de ibuprofeno) o el hecho de que, de pronto, te descubras a ti misma mirando lascivamente a gente nacida después de las Olimpiadas de Barcelona. Qué trauma.

Pero también tiene cosas buenas, por más que nos cuente creerlo: empezamos a saber lo que queremos, encontramos (¡¡por fin!!) la ropa que nos queda bien, tenemos dinerillo para darnos un capricho y… Aprendemos la importancia cósmica de la lencería. Y aquí entran en juego muchas primeras veces.

A mis treinta y tres años he cometido todos los errores posibles en cuanto a ropa interior. Todos: los sujetadores que, al agacharte, te dejan las dos merluzas fuera, las bragas violadoras, las fajas “campo de concentración” y el animal print. Con el estampado de leopardo he tropezado muchas veces. Pero con esto de cumplir años (y la necesidad de sujetar la delantera por encima del nivel del mar) he aprendido algunas cosas y he perdido el virgo en otras muchas, enfrentándome a primeras veces en ocasiones vergonzosas, pero con final feliz. Por ejemplo…

  • La primera vez que te pones un sujetador de tu talla. Una vez leí que hay un porcentaje muy bajo de mujeres que sepan, realmente, cuál es su verdadera talla de sostén. Me encanta la palabra sostén… Hay que decirla más.

Esta es una primera vez gloriosa. De pronto, nada cae ni se asoma y todo está en su sitio. Te puedes agachar sin riesgo de pezones fugitivos. PERO… toda recompensa implica un sacrificio: tienes que dejar tus tetitas en manos de una experta. Rememorar aquellos tiempos en los que tu madre te abría la cortina del probador sin importar quién anduviera por allí y dejar que una desconocida analice tu delantera y te tome medidas. Sí, las del choricillo de chicha que te sale en la espalda también.

  • Tu primera faja. Ojo, cuidado. La primera faja puede ser la puerta a un infierno que no tienes por qué vivir. Hay fajas que no se merece ni tu peor enemigo. Busca una que tenga un tacto agradable, de la que puedas salir sin sentir que estás fugándote de Alcatraz y con la que puedas respirar. No queremos desmayarnos y caer de cabeza contra una mesa (o la entrepierna de alguien, como me pasó una vez). Ponérsela es bastante desagradable porque sientes que las carnes se te desbordan en una especie de tsunami pero después estás tan prietita…
  • Tu primer liguero. Oh. Fabulosa sensación, la de verse a una misma con un ligero. Es una prenda poderosa, que está ahí debajo, infundiéndote seguridad, susurrando en tu oído que eres sexy y lo sabes. Hasta que el regulador se da un poco de sí, la media se asoma por la rodilla hecha un gurruño o decides que es buena idea combinarlo con unas bragas de raso y el liguero se pasa la jornada deslizándose en caída libre y te descubres a ti misma subiendo unas escaleras con el liguero a la altura de los ojos de la docena de compañeros de profesión que suben detrás de ti. No me ha pasado… Me lo ha contado una amiga.
  • Tu primera insurrección contra lo establecido o, lo que es lo mismo: la aceptación de que el tanga es un invento satánico creado por alguien que odia a las mujeres. O por una tía como los ángeles de Victoria’s Secret que no tiene que preocuparse por el movimiento gelatinoso de sus nalgas bajo una falda. ¿Hablamos de esa única tira del grosor del hilo dental que se clava en los más hondo de tu alma? Y en tus peores pesadillas. Porque el concepto “tanga” será muy guay, pero su ejecución en el mundo real ha dejado mucho que desear.
  • Tus primeras bragas sin culo. Así dicho, es posible que ahora mismo me odies a mí, al concepto, al cosmos y hasta al vecino de abajo, pero… Dales una oportunidad. Yo las compré sin querer. Internet puede ser un lugar muy confuso. Cuando fui a ponérmelas pensé que había metido las piernas por donde no tocaba. Me las quité, las estudié, llamé a un par de universidades americanas, hice un par de planos, llamé a Sandro Rey, a mi madre, a mi marido, a mi mejor amiga… y entendí. Las bragas no tenían culo… para eso ya estaba el mío. Y oye… tienen su aquel. Y provocan un efecto en el churri que también tiene su aquel. Y sujetan. Y no se clavan. Y tapan más que el tanga. Son el tanga a la inversa.

 

Como esto de la lencería es como la vida misma, una no llega a saberlo todo jamás, pero pongo mis bragas sin culo de testigo de que si aprendo algo nuevo, seréis las primeras en saberlo.